Yo paso, ¡gracias!


Soy una persona digna de invitar a comer, probablemente me coma cualquier cosa que me sirvan, soy un poco clásica por eso no me gusta nada muy rebuscado, sobre todo si es de origen animal, le hago el quite a las panitas de hígado, guatitas, prietas, sesos, lengua, molleja, chinchurrias o esas cosas que llevan mucho lavado, he probado la mayoría hasta jabalí, conejo, cabra, corazón de pollo, las guatitas… y definitivamente no son para mí. Su olor y textura me hacen revolver el estómago.

Pero sin ir a nada tan rebuscado hay alimentos que comerlos me producen arcadas, ejemplo el pollo y el cerdo. En parte por la culpa de mi madre, el cerdo fue su enemigo número uno en la cocina, argumentaba que era muy fácil enfermarse por una bacteria que tenían, que su primo del llano casi se murió. Para comerlo debía congelarlo, hervirlo y luego hornearlo, de ahí que empezó mi temor por enfermarme, que posteriormente se convirtió en repudio. Su olor me da la sensación a que es comida de perro, huele muy mal y sabe peor, que cómo lo sé, desde pequeña he sido muy curiosa y obvio que tenía que probar lo que a mi perrito lo hacía tan feliz, sin duda fue una de mis grandes decepciones.

Así el cerdo o “cochino” como lo llaman en Venezuela lo comíamos muy pocas veces, solo era segura su presencia a través del pernil en nuestro plato navideño. Odio que sea tan seco y áspero parece la lengua de un gato.



Por otro lado totalmente distinto está el pollo, era lo que más comía de pequeña tanto que llegó a asquearme, no fue hasta los 18 años cuando mi tía me pidió el favor que le limpiara el pollo, tuve que despellejarlo, sacarle los órganos, lavarlo y picarlo en trozos, un acto que convirtió mi vida en un antes y después, sobre todo porque tenía muy mal olor, eran pollos brasileros que llegaban a Venezuela con menor precio, creo que eso terminó por afectar su calidad porque olían muy mal como a sangre envasada y congelada, además venía acompañada por un sabor a hormonas, nada agradable. Ahora comerlos para mí se ha convertido en toda una tortura.

                                           

También recuerdo un triste episodio en la casa de mi abuela en Ciudad Bolívar, donde compraban pollos vivos y los mataban en el patio para luego comerlos. Igualmente, desde mi casa en Margarita se escuchaba cuando mis vecinos de tres cuadras más allá mataban un cochino a punta de palos en honor a las fiestas de la Virgen del Valle. Es lo peor que puedes escuchar, porque no se les mata de un solo golpe, lo desangran y los pobres lloran por horas.

Aunque me encante el sabor de la carne de vacuna no puedo evitar sentir asco y culpa por comerme algo muerto y desangrado, he intentado un montón de veces dejar la carne, pero siempre termino de nuevo al lado de la parrilla, pidiendo la carne bien sangrante y remojando el pan en ella, me condeno, pero no lo dejo. Parece que mi única solución es que Dios baje y me cierre la boca.

En fin, sería mejor que agarrara este mismo disgusto con todas las carnes y que no discriminara solo algunas, sobre todo porque las industrias no ponen cuidado, no los dejan crecer, los maltratan, los trauman como si no sintieran, al final todos nos estamos interponiendo por encima de la naturaleza y más por gula que por necesidad. 

Nos hemos acostumbrado a comer sin pensar y menos empatizar, mucho de lo que comemos está demás, por eso Chile protagoniza los índices de obesidad en Latinoamérica. Por eso asumo mi mea culpa. 

María Fernanda Gándara

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