El peor cola de mono de mi vida


 El peor cola de mono de mi vida


Cada navidad que he vivido la he recordado por la unión familiar, la carne mechada de mi abuela, las papas duquesas de mi mamá, las ensaladas de mis tíos, los litros y litros de bebida que sobran luego de estas fiestas. Hasta me atrevería a decir que los regalos pasan a segundo plano, no es de mal agradecido, pero desde pequeño he valorado un poco más la comida que los obsequios. Ninguna de las cosas que mencioné anteriormente faltó en todas las navidades que viví en casa de mis abuelos, y por supuesto, otra cosa que nunca faltó tampoco, fue la maravillosa, “Cola de mono”. 

Este maravilloso trago es quizás, mi favorito, desde pequeño que lo he disfrutado y amado, hasta siento que sea injusto que sólo en esta época del año se beba. Obviamente, cuando pequeño nunca lo bebí con alcohol, en mi familia se acostumbraban a preparar cola de mono para los niños y otro para los adultos. ¿La diferencia? Uno tenía alcohol, y el otro no. Así de simple. Pienso que debe ser así en todas las familias. 

Siempre había probado este trago con recetas artesanales, la de mi madre, de mi abuela, tías y una suegra de un tío, la que era mí preferida, todas sin alcohol. Esta vez, a mis 22 años, decidí probar una con alcohol, pero no cualquiera, una envasada, comprada en un supermercado. 

Así fue como me compré una botella de cola de mono, marca Artesanos del Cochiguaz, a pesar de las constantes advertencias de mi mamá, la que me decía que estos tragos envasados no sabían igual a los que preparaban ellas, que eran más malos, por el sólo hecho de tener alcohol. Por mi parte, creía que mi experiencia con el alcohol a lo largo de estos años me serviría para afrontar este desafío. 

Luego de dejarla en el refrigador lo suficiente como para que cuando la probara estuviera helada, me dispuse a beber. Destapé la botella, acerqué mi nariz a esta para sentir el olor y me sorprendí con el fuerte aroma a alcohol presente, lo que me llamó la atención, pero no le di mucha importancia. Así debe ser un cola de mono normal, me dije a mi mismo para convencerme. Luego de este procedimiento, la serví en mi vaso y me preparé para beber.



Ya con el vaso servido, me acerqué nuevamente para comprobar si el olor sólo pertenecía a la botella, pero me equivoqué. El olor estaba presente en el vaso también y me dio un poco de miedo. Me atreví a dar el primer sorbo. De sabor estaba maravillosa, pero lamentablemente el alcohol era lo más predominante, de hecho, sentí que el primer trago del vaso me quemó la garganta, como si fuera una botella de cualquier otro alcohol puritano. “Quizás es por el primer sorbo, después me acostumbraré”. Traté de auto convencerme. Dejé el vaso a un lado y me tomé un respiro.

Luego de unos cinco minutos, tomé por segunda vez, y en esta ocasión fue un sorbo más grande que el primero. Me gustó menos que la primera vez. De hecho, sentía que no quería seguir bebiendo eso, aunque ya me quedaba la mitad, no podía dejarlo así, aparte lo había comprado con mi dinero. Casi obligado por mi mismo, tomé un tercer sorbo y fue peor aún que los anteriores. Sentía que el cola de mono estaba contra mí, sentí que estábamos luchando, y me estaba ganando.

Ya no quería seguir bebiendo, pero ya quedaba tan poco en el vaso que me lo bebí todo. No me gustó para nada, en vez de quedar con un buen gusto en mi boca y traer recuerdos de la infancia, terminé borracho, recordando alguna que otra resaca por culpa de alguna fiesta en mi adolescencia. Nunca había disfrutado tanto terminar de beber, de hecho, boté lo poco que quedaba, no quise seguir alargando este sufrimiento.

Después de beber esto, le comenté a mi madre y ella tomó cartas en el asunto. Al día siguiente preparó un cola de mono decente, que logró hacerme olvidar ese desagradable episodio. Decidí no volver a comprar este trago envasado en supermercados y esperaré que mis familiares lo preparen para disfrutar de un buen sabor, y lo más importante, sin emborracharme.

Por Gianluca Giordano F.
crítica gastronomía navideña.

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