Un pan de pascua personalizado



Desde que tengo memoria, veo el pan de pascua con un cariño medio extraño. Me encanta el sabor del queque mezclado con las nueces y las frutas confitadas, pero cada vez que me como un pedazo, tengo que realizarle una minuciosa cirugía quitándole las pasas, porque el rechazo a estas viene desde la cuna.

No conozco a ninguna persona que se deleite con todos los ingredientes del pan de pascua, están los mañosos que le sacan todo lo que se pueda sacar -¿por qué no se comen un queque y se evitan destruir el pancito?-. Bueno, tampoco soy completamente inocente, pero hay gente que se pasa.
Mi familia no está exenta de este delito, por lo que mi madre se empeñó en hacerle el gusto a todos e hizo tres diferentes preparaciones de la clásica comida navideña. Para uno de mis hermanos hizo un pan de pascua con nueces, almendras y chips de chocolate -qué clase de pan de pascua es este-. Para mi otro hermano elaboró uno con todos sus ingredientes correspondientes y para mí, confeccionó uno con nueces y frutas confitadas.

Debo decir que me sorprendió que nuestras mañas tuvieran estos resultados. El hecho de llegar al punto de cocinar un pan de pascua diferente para cada uno de los integrantes de mi familia me parece un exceso, por lo que aún no termino de agradecerle a mi mamá por darse el tiempo de prepararlo.
El pancito era descomunalmente exquisito, y no lo digo porque fue mi progenitora la que lo cocinó. Quizás es verdad que cuando se prepara algo con cariño, amor y dedicación, el resultado es el triple de positivo. A pesar de que el pan estuvo casi tres días esperando a que lo probara, su frescura no disminuyó, al contrario, pareciera que con el pasar de los días, se iba poniendo más delicioso.

La mezcla de frutas confitadas, nueces y el queque de la preparación generaron una sensación tan agradable al paladar que lo único que podía pensar al momento de deleitar tal magistral comida, era que ojalá no se acabara nunca. El pan estaba en su punto perfecto de consistencia, era blandito pero lo suficientemente compuesto para que no se desarmara al tomarlo.  Las frutas confitadas no eran exageradamente dulces y abutagantes, por lo que el sentimiento de estar chata del pan de pascua no se hizo presente en esta ocasión.

Sin embargo, lo que más rescato de esta preparación, fue la dedicación que se puso en ella. Se notó ese condimento de cariño que no había presenciado en este dulce navideño anteriormente. Quizás debe ser porque los clásicos panes de pascua que vienen en la canasta familiar que regalan en el trabajo o que se compran en el supermercado, además de tener pasas, no tienen el elemento principal de cualquier tipo de cocina, el amor y preocupación.

Es así como este año por fin pude degustar un pan de pascua que me llenó el corazón y que además me evitó la molestia de todos los años de prácticamente destruir el pan de pascua sacándole todas las pasas presentes en él. Y lo que más agradezco de este invento de mi madre, es que lo hizo especialmente para mi -y para mis hermanos-, alentando nuestras mañas irremediables, haciéndonos disfrutar el pan de pascua como nunca antes lo habíamos hecho.


Por Valeria Pinto Arellano

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